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Otra historia de la revolución

Otra historia de la revolución
Formas de contar la historia de ese fenómeno histórico denominado
revolución cubana
Arnaldo M. Fernández, Broward | 03/12/2014 6:33 pm

La cubanología abrió diciembre en Miami con la presentación de
Revolutionary Cuba, A History ( Press of Florida, 2014, 408
pp., $44.95) en el Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos
(ICCAS). A tal efecto Brian Latell conversó con el autor, Luis
Martínez-Fernández, Profesor de la de Florida Central (UCF),
quien segmenta su historia de la Cuba revolucionaria en tres fases:
Idealismo (1952–1970), Institucionalización personalista (1971-90) y
Supervivencia (1991-2013).
Antes que como historiador en función investigadora, el autor procede
más bien como historiógrafo: compila y selecciona sobre todo fuentes
secundarias —otros historiadores o historiógrafos— para dar “la
valoración más comprensiva, sintética y sistemática de la revolución
cubana”, según el Dr. Jorge Duany, Director del Instituto de Estudios
Cubanos (CRI-Universidad Internacional de la Florida), que patrocinó el
lanzamiento de la obra, el 6 de noviembre, en la librería Books & Books
de Coral Gables.

Un capítulo como antecedente
Martínez-Fernández había pergeñado ya con cierto descuido el capítulo
sobre la revolución cubana del manual A Companion to Latin American
History (John Wiley & Sons, 2011, 544 pp.). En la página 368, por ejemplo:
– Refiere el combate de Uvero on May 28 como la primera gran victoria
rebelde y prosigue: two months later, the guerrilla victory at El Jigüe
marcó el punto de viraje de la guerra. Aquel 28 de mayo corresponde a
1957 y la victoria de El Jigüe aconteció efectivamente en julio, pero de
1958.
– Incluye a Raúl Chibás en el primer gobierno provisional
revolucionario. Aunque los medios dijeron que era ministro de Hacienda,
Chibás declinó esta cartera —ofrecida por el propio Castro— antes de
formarse el gobierno y el ministro de Comercio, Raúl Cepero Bonilla,
tuvo que interinamente ocuparla hasta que pasó a Rufo López Fresquet.
Chibás fungió primero como de los Tribunales Revolucionarios y
hacia marzo de 1959 fue designado de los Ferrocarriles
Occidentales de Cuba.

Transición pacífica
Martínez-Fernández transitó de aquel capítulo sobre la revolución cubana
al libro sobre la Cuba revolucionaria sin dar guerra crítica. Así lo
ilustra su historiografía del primer gobierno provisional, que soslaya
testigos tan excepcionales como Luis Buch (ministro de la Presidencia y
secretario del Consejo de Ministros nombrado por el Presidente Urrutia
antes de tomar posesión), quien dio cuenta en Gobierno revolucionario
cubano: Génesis y primeros pasos (Ciencias Sociales, 1999).
– Martínez-Fernández asevera que el primer gobierno de la revolución
triunfante fue ostensibly selected by Urrutia, but with strong input
from Castro and Carlos Franqui (página 50).
Franqui no tuvo nada que ver con ese gobierno, salvo por su propio
cuento o relatos de otros igual de ajenos al asunto. Además de Buch,
Urrutia apenas seleccionó al Dr. Roberto Agramonte como canciller y al
Dr. Ángel Fernández como ministro de Justicia. Castro escogió a los
demás ministros, incluso a José Miró Cardona como premier. Y Urrutia no
tenía más remedio que aceptar, puesto que él mismo había sido escogido
por Castro.
– Martínez-Fernández narra con tino que Castro gobernaba informalmente
desde el Havana Hilton, pero continúa con un episodio que no fue así ni
por asomo: Protesting the diminishing authority of the Council of
Ministres, Prime Minister Miró Cardona resigned on February 13, striking
an unexpected blow to the image of revolutionary unity that Castro
sought to cultivate. Castro assumed the vacant premiership (página 51).
Martínez-Fernández sigue aquí el tendel del periodista de Granma
Jean-Guy Allard sobre la fricción entre Miró Cardona y Castro. Ante todo
Castro cultivaba la imagen de unidad de revolucionaria tan sólo a su
alrededor, desde que repudió, el 14 de diciembre de 1957, la Junta de
Liberación o Pacto de Miami. Miró no asestó ningún golpe a esa unidad
bien centrada, sino a Urrutia.
Según Buch, Miró sostenía “que para mantener la autoridad del gobierno
era indispensable que Fidel asumiera el Premierato”. En el ambiente
conspirativo de la casa del ministro de Comunicaciones, Enrique Oltuski,
Miró dio la clave para desbancar a Urrutia: como la Ley Fundamental
(1959) establecía que “el Primer Ministro representará la política
general del Gobierno” (Artículo 146), sugirió cambiar representar por
dirigir.
Así se acordó en sesión del Consejo de Ministros —que concentraba los
poderes legislativo y constituyente— a la cual Urrutia no asistió por
estar enfermo. Miró explicó que, de ese modo, el primer ministro se
convertía en verdadero jefe de gobierno y debía serlo el jefe de la
revolución. Amén de renunciar, pidió a los demás ministros que
renunciaran en pleno para que Castro armara otro gabinete a gusto. Esto
no es tan sólo testimonio de Buch, sino que consta en acta.
El recurso del método
Para contar la historia de ese fenómeno histórico denominado revolución
cubana habría que guiarse, más allá del placer de la narración
interesada, por la máxima de Gottfried Keller: “La verdad no se nos
escapará”.
Martínez-Fernández tampoco se atiene a esta máxima al repetir en su
libro la leyenda negra que Castro largó en La Historia me absolverá
(1954): “El cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y de
muerte”. El historiador Antonio R. de la Cova demostró ya que no hubo
tortura, sino tan sólo muerte. Aquella se volvió superflua desde que,
nada más que al ser detenidos, Osvaldo Socarrás y otros asaltantes
revelaron que Castro era el jefe y todos habían salido de la granjita
Siboney. Se asesinó sin más a quien daba positivo en la prueba de
parafina (The Moncada Attack, University of South Carolina Press, 2007).
Igual sucede en el precitado capítulo del manual sobre historia de
América Latina. Martínez-Fernández puntualizó: As a result f the
dialogue of 1978 [between the Cuban government and certain segments of
the Cuban exile community] Cuba released some 3,600 political prisoners
(página 378). Es sabido que la liberación de los presos políticos se
acordó en reuniones secretas entre representantes de Castro y
funcionarios de la administración Carter.
Tras anunciar el bando de Castro que se había tomado la decisión de
liberar a miles de presos políticos (Nueva York, 15 de junio de 1978),
Washington aceptó recibir a quienes pasaran el debido proceso de
verificación (Atlanta, 8 de agosto) y los detalles se ultimaron
(Cuernavaca, 28 de octubre) antes de que el diálogo entre el gobierno de
Cuba y ciertos sectores de la comunidad de exiliados arrancara en La
Habana y discurriera en tres sesiones: 20 y 21 de noviembre más 8 de
diciembre.
Así podría abundarse en otros ejemplos del capítulo y del libro, pero la
crítica es desagradable y a la postre conviene a muchos dejar que la
verdad histórica se escape, porque siempre podrá recurrirse a un mito
para guardar la apariencia de que hasta el pasado está a favor de la
posición interesada en el presente.

Source: Otra historia de la revolución – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/otra-historia-de-la-revolucion-321102

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