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Radicalización

Radicalización
Todo enemigo de la dictadura es mi aliado desde hoy y hasta que
alcancemos la democracia. ¿Que soy radical? Pues sí.
Miriam Celaya
diciembre 12, 2014

Por muchos años he luchado a brazo partido contra mi propia natural
tendencia a la radicalización. A medida que me adentraba en esa edad
que, por discreción o por delicadeza, llaman “madurez”, logré aprender a
controlar, hasta un punto razonable, mis impulsos más radicales. En
consecuencia, he en serenidad y discernimiento, y sobre todo he
conseguido que mis adversarios no me coloquen en el punto que desean:
aquel en el que los argumentos y la razón se diluyen bajo el torrente de
las exaltaciones.

Este 10 de diciembre, día en que celebramos la declaración Universal de
los , los asalariados de la dictadura cubana pusieron a
prueba mi entrenamiento, al detener arbitrariamente y sin que mediara
delito alguno, a Víctor Ariel González, periodista independiente,
de 14ymedio.com, colaborador de Cubanet, autor de dos blogs;
y, por si todo eso no fuera suficiente, mi hijo menor.

Conducirlo a una unidad policial, retenerlo durante varias horas,
amenazarlo y tratar de humillarlo, no fueron exactamente novedades. Son
los métodos habituales de los patéticos esbirros, mercenarios al
servicio de la longeva satrapía Castro. No necesariamente será la última
vez que lo detengan ni será preciso fabricar justificación alguna para
hacerlo: Vivimos bajo el imperio del despotismo militar de la
castrocracia y la policía política (los mayorales) tiene la deshonrosa
misión de perseguir a los que se rebelan (cimarrones) y son un mal
ejemplo para la dotación formada por millones de esclavos.

Pero este 10 de diciembre fue mayúsculo por otros motivos, entre ellos
la gran cantidad de manifestaciones y conatos subversivos que se
produjeron en varias provincias, el notable aumento de cubanos
dispuestos a enfrentarse a la represión acudiendo a las convocatorias de
grupos opositores y de la sociedad civil, y el aparatoso despliegue de
policías uniformados y de civil, que fueron movilizados para arrestar –e
incluso arrastrar– a manifestantes y periodistas independientes que
trataban de cubrir el acontecimiento.

El miedo de las autoridades a que cunda entre los cubanos el espíritu de
resulta ya inocultable; de ahí que la policía política responda
puntual y masivamente a cada convocatoria de la oposición, desplegando
“la técnica” y gastando los recursos en la inútil faena de evitar lo
inevitable: más temprano que tarde alcanzaremos la democracia.

Las , una vez más, estuvieron en la mira de los ataques
más furibundos de la jauría y de las habituales hordas de repudiantes,
así que fueron literalmente cazadas y desterradas fuera de la ciudad o
hundidas en los calabozos, mientras otros tantos Judas –dizque
“opositores” devenidos agentes de la in-seguridad del Estado, váyase
usted a saber bajo qué convincentes chantajes– se dedicaban a detectar y
delatar a los periodistas independientes presentes entre el gentío.

Resulta difícil imaginar mayor cobardía que la de los sicarios, porque
su prepotencia dimana de la impunidad. Tan espantadizos son que, a pesar
de saberse los canes consentidos del régimen, se ocultan tras el
anonimato o los nombres falsos para reprimir a ciudadanos con nombres y
apellidos, con rostros y con historias, con familias y con hogares. Y en
su desenfrenado pavor no paran mientes en utilizar como marionetas a la
policía uniformada y a sus unidades, cómplices de bajo costo que no
gozan de los mimos oficiales y de las prebendas de los “especialistas”
de la represión política.

Por eso, cuando perdí contacto telefónico con mi hijo, y tras un primer
instante de ansiedad, encontré la serenidad necesaria para aprestarme a
lo que podía ser una prolongada espera. Primero, porque no conocía su
paradero y lo único que podía hacer por él –e hice– fue reportar por
varias vías su virtual desaparición y mis sospechas, que acabaron siendo
confirmadas, de que había sido detenido por los sayones de siempre y
conducido a la unidad policial de Aguilera, en Lawton. Segundo, porque
sabía que mi presencia en aquel lugar probablemente solo prolongaría la
detención de mi hijo o provocaría la mía, para mayor gozo de los
verdugos. En mi lugar, mi hijo mayor fue a buscarlo y –en efecto–, se
cumplió mi pronóstico y Víctor Ariel fue liberado transcurridas cinco
horas de su arresto.

Uno de los homúnculos expertos en intimidación, un supuesto “teniente
coronel” anónimo, cuyas señas más relevantes son su calvicie y un
pulóver amarillo, le había dicho durante el “interrogatorio”, con claras
intenciones de crear divisiones, que no entendía cómo él se había
arriesgado a asistir a la manifestación para reportar a 14ymedio.com,
mientras Yoani planeaba otro viaje (¡vaya manía que tienen con los
viajes, pobres tipos condenados al encierro insular y a las órdenes de
los mandamases verde olivo!). Y añadió: “tu mamá, que es una ‘mandá’, le
hubiera dicho a Yoani que fuera ella misma si quería fotos” (¿qué clase
de perfil me habrán fabricado ellos y de dónde sacarán semejante diálogo
imaginario entre Yoani Sánchez y yo?).

En todo caso, esos detalles no son relevantes. Ellos, que fabriquen
perfiles y hagan cálculos sobre las finanzas –reales o no– de los demás,
ya que no tienen las propias. Pueden seguir perdiendo miserablemente su
tiempo, que en definitiva no tiene valor alguno, ni siquiera en pesos
cubanos. La buena noticia es que las fotos que tomaron Víctor Ariel y
Luzbely Escobar, otra de las detenidas de la jornada, llegaron a su
destino y han sido divulgadas. Contra la tecnología nada pueden las
huestes ciber-analfabetas.

Pero volviendo al punto inicial de este texto, creo haber salido solo
medianamente airosa de la prueba porque, si bien he comprobado que puedo
contenerme para no responder a las provocaciones de la policía política,
y si puedo sobreponerme al desprecio y repugnancia que ese cuerpo de
sub-humanos me inspira, lo cierto es que después de este 10 de diciembre
me he radicalizado irremediablemente, solo que de otra manera:

Superando cualquier cuestión de simpatía o preferencias, a partir de
ahora declaro mi apoyo total a todo aquel individuo, movimiento o grupo
que dentro o fuera de Cuba se oponga de manera pacífica al régimen de
los Castro. No me importa su filiación política o su proyecto, si son
muchos o pocos, en qué perfil se desenvuelven, si reciben finanzas y
recursos o no, ni de dónde proceden éstos. Todo enemigo de la dictadura
es mi aliado desde hoy y hasta que alcancemos la democracia. ¿Que soy
radical? Pues sí. Y estoy presta a afrontar las consecuencias.

Publicado por Miriam Celaya en el Sin Evasión.

Source: Radicalización –
http://www.martinoticias.com/content/radicalizacion/82106.html

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