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San Lázaro, militante del Partido

San Lázaro, militante del Partido
decidió inaugurar el Primer Congreso del Partido Comunista
un 17 de diciembre
miércoles, diciembre 17, 2014 | Ernesto Pérez Chang

LA HABANA, Cuba. -En Cuba, los 17 de diciembre, las calles y vías
rápidas que conducen al santuario de San Lázaro, en Santiago de las
Vegas, se repletan de multitudes que acuden a postrarse ante un santo
milagroso que puede tornarse iracundo ante la desobediencia de los
devotos. Ninguno de sus fieles se atreve a incumplir una promesa, ni
siquiera a postergarla porque saben que la menor irreverencia suele ser
castigada de inmediato y sin piedad.

Durante los años de revolución, ni siquiera en los tiempos de mayor
intolerancia religiosa, la gente dejó de acudir al santuario en estas
fechas y quienes no podían hacerlo por la presión del Partido Comunista,
disimulaban su clandestino respeto vistiendo alguna prenda de color
morado o ocultando en los bolsillos un pequeño trozo de saco de yute o
portando algún dije o llavero con una imagen alegórica, entre otras
muchas estrategias de enmascaramiento de una fe prohibida, estigmatizada
por los principales dirigentes de la revolución, los mismos que, por
decreto, prohibieron celebrar navidades y convirtieron las fiestas por
el nuevo año en conmemoraciones por el triunfo de la revolución.

Tal vez porque, comparadas con las devociones al santo, siempre le
parecieron insignificantes las pruebas de lealtad de un pueblo al que
siempre deseó ver postrado ante su imagen verde olivo con igual
sumisión, tal vez porque llegó a sentir la impotencia de no poder
castigar con más ensañamiento a sus adversarios, Fidel Castro decidió
inaugurar el primer congreso del Partido Comunista un 17 de diciembre
del año 1975, pero antes, en los meses previos, obligó a los cubanos a
firmar los llamados “compromisos del pueblo” donde las “masas” aceptaban
transformar en ley de estricto cumplimiento, esa especie de “contrato
social” que antes fuera solo un conjunto de normas “sobreentendidas”.

Las relaciones con los soviéticos, que asignaban a la isla los papeles
de colonia, en lo comercial, y de base militar, en lo político; más la
incertidumbre sobre las reacciones populares que traerían los
reclutamientos masivos para llevar a cabo la locura de intervenir
militarmente en Angola, precipitarían la urgencia de institucionalizar
aún más la dictadura.

A partir del congreso comunista de 1975, la supresión de las voluntades
individuales, el acatamiento de la idea de establecer categorías
sociales basadas en la fidelidad a la revolución, así como el vivir para
siempre a merced de la megalomanía de un líder atrapado en la
encrucijada de la obligación de complacer a los soviéticos y sus deseos
de jugar a la guerra en África, entre otras acciones represivas y
antojos, quedaron establecidas formalmente como las únicas opciones de
gobierno para el pueblo cubano.

Lo que antes, debido a la inseguridad del entorno internacional, solo
habían sido una especie de ejercicios de laboratorio para determinar los
niveles de tolerancia de las multitudes, después de diciembre de 1975,
debido a la “sólida” protección que ofrecía el poder militar de los
rusos y sus reiterados compromisos de intervenir en caso de estallar
alguna rebelión, se transformó en un verdadero protocolo de acción cuyo
incumplimiento podía ser penado hasta con la muerte, bajo perversas
figuras legales como la “traición a la revolución” o el carácter
irrevocable del socialismo, plasmadas en la ridícula “Constitución”
redactada por aquellos días.

Si bien es cierto que desde el inicio de la década de los 70, incluso
desde mucho antes, Fidel Castro, en numerosos discursos, promovió el
radicalismo más cruel como única forma de gobierno y de participación
política, fue a partir de ese primer congreso de 1975 que se dio la
orden de crear todas las vías legales para institucionalizar los métodos
represivos, el control de la información y los mecanismos de
silenciamiento que han sido práctica habitual en las relaciones de los
gobernantes con los ciudadanos quienes, con la resignación de los años,
han aceptado esa atmósfera de tiranía como un contexto político normal.

La oleada de represiones e intolerancias iniciada en el tristemente
célebre “Primer Congreso de Educación y Cultura”, de 1971, se fue
haciendo mucho más catastrófica durante el lapso de tiempo que
transcurrió previo al congreso del Partido, y es posible verificar, sin
mucho esfuerzo, la convocatoria constante a desplegar los métodos más
radicales y violentos contra cualquier signo de disentimiento político o
ideológico. Los márgenes de intolerancia que establece Fidel Castro en
sus intervenciones populares, abren las puertas a la transformación de
los más bajos sentimientos humanos en efectivas armas para combatir
cualquier indicio de “deslealtad” hacia su figura.

En el acto de clausura de aquel nefasto congreso de 1971, Fidel elogia
las posiciones más radicales y las promueve como ideología oficial, lo
que facilitará que solo cuatro años después sean deslizadas sin
dificultades en las bases de una desvirtuada Constitución, cuya
aceptación fue el resultado de un “amaestramiento” por el terror. En
aquella ocasión, Fidel Castro, refiriéndose a los participantes en la
reunión, decía: “[son el] fiel reflejo de ese pensamiento, de esas
ideas, de esas posiciones verticales y radicales en la política que es
fundamental”.

Y de inmediato comienza a perfilar las dimensiones de su intolerancia,
sobre todo contra los intelectuales, considerados como el cáncer de la
“nueva sociedad”:

“A veces se han impreso determinados libros. El número no importa. Por
cuestión de principio, hay algunos libros de los cuales no se debe
publicar ni un ejemplar, ni un capítulo, ni una página, ¡ni una letra!”.

“Creemos que el Congreso y sus acuerdos son más que suficientes para
aplastar como con una catapulta esas corrientes”.

“Si a cualquiera de esos “agentillos” del colonialismo cultural lo
presentamos nada más que en este Congreso, creo que hay que usar la
policía […]. No se pueden ni traer, eso lo sabe todo el mundo. Así es.
Por el desprecio profundo que se ha manifestado incesantemente sobre
todas estas cuestiones”.

“y para volver a recibir un premio, en concurso nacional o
internacional, tiene que ser revolucionario de verdad, escritor de
verdad, poeta de verdad, revolucionario de verdad. Eso está claro. Y más
claro que el . Y las revistas y concursos, no aptos para farsantes.
Y tendrán cabida los escritores revolucionarios…”.

El mismo tono intolerante, prepotente, es mantenido en los discursos
posteriores, con la diferencia de que ya puede exhibir su condición de
protegido de los soviéticos, con lo cual desea marcar su
invulnerabilidad política y desterrar cualquier esperanza de cambio.
Recordemos que todos los discursos previos al congreso del Partido,
incluso los que realiza durante los debates, así como el que ofrece como
clausura en la Plaza de la Revolución, el 22 de diciembre de 1975
(precisamente el que es considerado en Cuba como “día del educador”),
comienzan o terminan con extensos laudatorios a los observadores y
consejeros soviéticos, a los cuales presenta como “invitados” y no como
lo que realmente eran: administradores de la colonia. A todos los exhibe
como prueba de su carácter intocable y no oculta las causas de su
entusiasmo:

“[…] con nuestros sólidos vínculos con el CAME y con la Unión Soviética,
garantizado en este país el combustible, garantizados en este país el
trigo, los alimentos, los equipos, las inversiones industriales, ¿con
qué nos pueden amenazar los imperialistas?”, decía Fidel para luego
asegurar: “¡Construiremos el socialismo! Y sin que nadie nos pueda
acusar de soñadores, ¡nuestro pueblo llegará al comunismo!”

Y para subrayar su carácter sempiterno, más adelante agregaba: “aun
cuando las relaciones económicas con puedan ser útiles a
nuestro país, esas relaciones no se restablecerán jamás, si es a base de
renunciar a un átomo de nuestros principios. Y creemos que en eso está
de acuerdo nuestro pueblo entero. Y está de acuerdo no solo la presente
generación, sino incluso las generaciones venideras”.

Aunque fue el despotismo la única forma de gobierno desde 1959, el
congreso del Partido se convirtió en el cónclave necesario para abolir
los “sobreentendidos” y dejar establecido un orden oficial, una pauta de
comportamiento que todos debían acatar sin cuestionamientos ni consultas
populares. Una verdadera ceremonia de consagración para un sujeto al
que, a fuerza de trastazos, ya se le había inflamado suficientemente la
cabeza como para sostener una corona.

Aunque los motivos reales de escoger el 17 de diciembre de 1975 como
inicio del primer congreso del Partido Comunista hubieran sido otros,
mucho más relacionados con el azar, al pensar en las ambiciones de Fidel
Castro, en su voluntad de endiosamiento, no dejo de creer que, en la
decisión, hubo algo de anhelar las extremas devociones de una multitud
de fieles capaces del sacrificio y de la autoflagelación, ya sea por
alcanzar el milagro prometido o, simplemente, por temor al castigo a la
infidelidad. Habría que ver cuántos hombres y mujeres, entre aquellos
que acudieron a la Plaza a escuchar a Fidel por aquellos días de San
Lázaro, hoy peregrinan desencantados, arrepentidos, hasta el santuario
de Santiago de las Vegas buscando obrar el milagro de un país libre.

Source: San Lázaro, militante del Partido | Cubanet –
http://www.cubanet.org/destacados/san-lazaro-militante-del-partido/

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