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El Napoléon III de los hermanos Castro

El Napoléon III de los hermanos Castro
FABIO RAFAEL FIALLO | Ginebra | 19 Jun 2015 – 7:35 am.

¿Cuál será el principal castigo que sufrirán los dictadores de La Habana?

En su poemario Los castigos (Les Châtiments) consagrado a la epopeya
napoleónica (que dicho sea de paso tuve la oportunidad de descubrir a la
edad de 10 años gracias a mi abuela Atala, hija del poeta dominicano
Fabio Fiallo), Victor Hugo describe en un tono satírico el declive de la
gloria del emperador francés.

En dicho poemario se alude inicialmente al momento en que Napoleón
Bonaparte sufre su primer gran revés: el fracaso de la campaña de Rusia.
Consciente de que ese fiasco le infligía un duro golpe a su ambición de
dominar el continente europeo, Napoleón llega a pensar que esa derrota
podría ser un castigo divino, y dirigiéndose al dios de la guerra, le
pregunta: “¿Es éste mi castigo?”. Una voz misteriosa le responde “No”.

Cuando más tarde es vencido en Waterloo, Napoleón vuelve a formular la
misma pregunta y de nuevo escucha la misma voz que le dice “No”.

Sobreviene el humillante exilio en la isla de Santa Elena, territorio
británico donde el destronado emperador termina sus días custodiado por
soldados de la Inglaterra enemiga. Napoleón interpela una vez más al
Señor: “Dios, a quien imploro, ¡éste sí que es mi castigo!”, obteniendo
como respuesta un “¡Todavía no!” de la misteriosa voz.

En el poema de Victor Hugo, el verdadero castigo, Dios se lo inflige a
Napoleón después de muerto. Dicho castigo consistirá en el hecho de
tener como heredero político a su sobrino Napoleón III, personaje torpe
y desprovisto de lustre y de carisma, que instaura a través de mezquinas
maquinaciones el llamado Segundo Imperio.

Victor Hugo resultó ser un visionario. Dos décadas después de la
publicación de esos versos, Napoleón III condujo a a la derrota
en la Guerra Franco-Prusiana de 1871, causando el desvanecimiento
definitivo del bonapartismo en el tablero geopolítico europeo.

Un ciclo parecido, de humillaciones y reveses sucesivos, lo podemos
encontrar más de un siglo después en la llamada “revolución cubana”.

En efecto, la retirada de Napoleón de Moscú encuentra su parangón en el
desmantelamiento del bloque soviético y lo que dicho desmantelamiento
significó para el régimen castrista: el fin de la ayuda de la URSS y el
derrumbe del mito de la superioridad política del modelo comunista.

Llega entonces el llamado Periodo Especial, que en términos comparativos
corresponde al primer exilio de Napoleón en la isla de Elba. Al igual
que en el caso de Napoleón en aquella isla, las esperanzas de
supervivencia política se achican para los Castro. Pero de la misma
manera en que Napoleón logra recuperar el poder durante los llamados
“Cien Días” después de aquel exilio, el régimen castrista ha logrado
sobrevivir varios lustros después del Periodo Especial gracias a la
transfusión de petrodólares que le suministra la de Hugo Chávez.

El problema es que el socialismo ha llevado a Venezuela a la debacle
económica, y ello a pesar de disponer de las mayores reservas de
petróleo del mundo. Los hermanos Castro saben que no podrán contar por
largo tiempo con la ayuda de aquel país. Y al no ver un nuevo benefactor
que apunte al horizonte, no les ha quedado más remedio que apostar, cual
último recurso en gracia, por la apertura de la Isla a la economía
estadounidense.

A partir de ahora, los inversionistas del imperio, que hasta ayer eran
vilipendiados, son llamados al rescate de la exhausta economía cubana. Y
los turistas de ese mismo imperio, que otrora eran execrados por haber
convertido a Cuba, según la propaganda castrista de la época, en el
“burdel de ”, pronto podrán disfrutar, esta vez con la
anuencia de la “revolución”, de los favores de jineteras y jineteros
deseosos de multiplicar los míseros salarios que el Estado les paga por
actividades más castas pero menos fructuosas.

Ya no se trata de construir el socialismo, ni menos aun de engendrar el
“hombre nuevo”, sino simplemente de prolongar lo más posible la vida del
régimen, o mejor dicho de la claque que gobierna Cuba.

Por más que la presenten como un logro diplomático, la apertura al
capital y al de EEUU constituye el Waterloo de los Castro. He
ahí, en efecto, un socialismo que pretendía suplantar al capitalismo y
que ahora tiene que someterse a las leyes del mercado y resignarse a
depender del dinero proveniente del imperio.

A medida que se intensifiquen los nexos económicos de Cuba con EEUU, al
régimen le será imposible prescindir de los mismos sin afectar
seriamente la economía de la Isla. Esa dependencia les ofrecerá al
futuro y al Congreso de EEUU una poderosa herramienta para
exigirle a La Habana avances concretos en materia de respeto de los
y de la libre empresa en Cuba.

Así, pues, al igual que Napoleón Bonaparte termina su vida custodiado
por tropas enemigas en la isla de Santa Elena, los hermanos Castro y el
régimen que han creado viven sus últimos años con la espada de Damocles
de las presiones en pos de la democratización política y económica de
Cuba que el Presidente y el Congreso del imperio no se privarán de
ejercer a cambio de la continuidad de los flujos comerciales y financieros.

Por ello cabe imaginar que los hermanos Castro habrán de preguntarle a
Hugo Chávez en el más allá (sobre todo después de que Raúl regresara de
su visita al Papa Francisco y declarara que estaba dispuesto a ponerse
de nuevo a rezar) si ahí culmina el castigo que el dios de la
“revolución” les tenía deparado. En tal caso, un misterioso pajarito
podría responderles, a semejanza de la voz que Napoleón oyó en Santa
Elena, que “¡Todavía no!”

Pues a la manera del bonapartismo del siglo XIX, el socialismo tropical
ha engendrado su propio Napoleón III, torpe e incapaz. El mismo no es
otro que Nicolás Maduro, hechura de los hermanos Castro: no solamente
porque fue entrenado en las escuelas de agitación y propaganda de La
Habana, sino también, y sobre todo, porque fue ungido presidente de
Venezuela a instancias de los hermanos Castro por un Chávez moribundo
que tenía mermadas, a causa de la enfermedad, sus facultades de
discernimiento propio.

La responsabilidad que tiene el régimen cubano en la designación de
Nicolás Maduro como presidente de Venezuela cristaliza la ineptitud
intrínseca de los hermanos Castro en el campo de la economía.

Heredan en 1959 la tercera economía del continente en términos de PIB
per cápita, y la destruyen a golpe de aberraciones en unos cuantos años.
Adquieren una influencia decisiva en Venezuela con la ascensión de Hugo
Chávez al poder, y en vez de velar por que la economía de ese país
prospere gracias a una gestión conforme a las leyes de la economía,
única forma de garantizar indefinidamente la ayuda de Venezuela a Cuba,
permiten que Chávez reproduzca los mismos errores que provocaron el
descalabro de la economía cubana.

Y cuando tuvieron la oportunidad de enmendar la plana y aconsejar a un
Chávez moribundo escoger como sucesor a alguien que comprendiese el
manejo de la economía de un país, lo que hacen es abogar por un lacayo
que confunde gobernar con insultar, hacer anuncios estrambóticos y
conculcar el respeto de los derechos humanos, en particular de la
de expresión.

Napoleón Bonaparte muere en 1821, antes pues de que su legado político
sea hecho jirones por su sobrino Napoleón III. Los hermanos Castro no
han tenido la misma suerte: les ha tocado vivir lo suficiente para
constatar por sí mismos los estragos causados por el elegido Nicolás
Maduro a la imagen y viabilidad del socialismo tropical. Es ése, y no
otro, el peor castigo que los Castro hayan podido recibir.

Source: El Napoléon III de los hermanos Castro | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1434695746_15238.html

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