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Máscaras políticas – movimiento propositivo

Máscaras políticas: movimiento propositivo
En la más rancia tradición castrista, el abstencionismo se suma al bando
opositor como consuelo frente al bajo voto antigubernamental, que
debería ser el foco de la atención
Arnaldo M. Fernández, Broward | 15/09/2015 9:52 am

Para pícaros y habilidosos
ya tenemos bastante con
Francisco Chaviano, 2011

Los lidercillos (jet set) de la oposición pacífica cuadraron el círculo
de la política. En vez de hacerla con y para eso que llaman pueblo, se
dedican a hacerlo con y para ellos mismos, junto a unos cuantos
allegados de relleno. No andan callandito entre cubanos tratando de
convencerlos para que al menos voten contra el gobierno. Esta acción
directa y unificadora no es política para ellos; sí lo es, en cambio,
andar con bulla mediática desfogándose en graforreas y logorreas[1] que
acumulan innumerables encuentros y reuniones, proyectos y campañas,
llamados, cartas abiertas y demás performances en papel o en persona sin
arrojar ningún resultado práctico.
Ninguno pide a eso que llaman pueblo hacer algo más allá de echar una
firmita aquí, por favor, siempre con intención de ir a arrastrarse ante
el gobierno a pedirle leyes. Incluso las marchas domingueras se asocian
a una petición —ley de amnistía— que, como es usual, se dirige sin
respaldo popular a la dictadura revuelta y brutal que desprecia a los
peticionarios.
Según el Dr. Juan Antonio Blanco, el “movimiento propositivo” habría
tenido su “momento de mayor madurez” en aquel Camino del pueblo (2011)
que hasta Rosa María Payá dejó por vereda para urdir la campaña Cuba
decide (2014) con la misma psicopatía de recoger firmas y exigir
—sugestión maníaca por solicitar sin posibilidad alguna de concesión— un
plebiscito que solo la asamblea nacional puede convocar y ningún
diputado apoyará.
Además de abogar por “un plebiscito vinculante”, más de 100 dirigentes
de 23 organizaciones del archipiélago y 32 del exilio fijaron en la
Declaración de San Juan [de Puerto Rico], como cierre del llamado Primer
Encuentro Nacional Cubano, una serie de principios no negociables. Ya no
es tanto la sonsera contrafáctica del plebiscito que jamás se convocará
y la negociación que nadie del gobierno entablará, sino más bien la pose
de actor político en pasarelas mediáticas del ultramar con peticiones
rastreras a la dictadura, ya que jamás podrán arrancarle concesiones sin
antes ganarse a eso que llaman pueblo.

Disidencia azorada
Los lidercillos sin masas de la oposición pacífica se azoran con la
lucha electoral y encuentran hasta justificación del desdén hacia la
acción política directa de votar contra el gobierno en artículos como
“Los ‘cerrojos’ del sistema electoral cubano”, que la Dra. Marlene Azor
no pergeñó con ánimo de proveer ganzúa, sino de pasar pestillo.
Ante la premisa factual de que las elecciones periódicas no son libres
ni secretas, se concluye facilito qué hacer: “es necesario transformar
la Ley Electoral”. No se dice cómo, pero a menos que ocurra una revuelta
popular o un milagro, transformar la ley electoral presupone transformar
la asamblea nacional y pacíficamente esto podría hacerse ya solo si sus
escaños son ocupados por bastantes diputados contrarios al régimen,
quienes irremediablemente tendrían que ser elegidos conforme a la propia
ley electoral que es necesario transformar.
Este problema de la oposición pacífica se elude al repasar los problemas
de la ley electoral vigente[2] desde la confusa perspectiva que amalgama
—a pesar de estar bien discernidas por el jurista opositor René Gómez
Manzano[3]— las elecciones generales y parciales. De este modo se
incurre en el error vitando de que “la ‘elección’ de los candidatos que
se someten a la votación popular son designados por las Comisiones
Electorales Nacional, Provincial, Municipal y hasta las Comisiones de
Circunscripción (…) Quien propone no es ‘el pueblo’ sino una serie de
personas escogidas por las máximas instancias de dirección estatal y
partidarias”.
Dualismo electoral
Hay que leerse bien la ley para encontrar ganzúas en vez de pasar
pestillos. Las comisiones de circunscripción no designan candidatos,
sino que elaboran la lista de los candidatos (Artículo 29.c) nominados
en las asambleas generales de electores (Artículo 78), en las cuales ‘el
pueblo’ propone a quien desee, ya que todo elector tiene derecho a
proponer candidatos, y entre los propuestos resulta nominado quien
obtenga mayor número de votos (Artículo 81) en votación directa y
pública uno a uno en el mismo orden en que fueron propuestos (Artículo
83.e).
En las pasadas elecciones parciales ningún lidercillo fue propuesto por
sus vecinos, como sí lo fue el opositor de a pie Yuniel Francisco López,
ni se propuso a sí mismo, como Hildebrando Chaviano. Ambos casos echan
por tierra la justificación de que el voto directo y público “exige de
los ciudadanos una simulación de acuerdo, intimida a los electores y
limita la propuesta de otros candidatos porque aprobarlos a mano alzada
significa retar a las autoridades”.
Lo que sucede es que los lidercillos andan en otra política. Para nada
importa que las turbas castristas dieran actos de repudio a Chaviano y
López, porque los lidercillos están acostumbrados a recibirlos por
cualquier otro motivo, ni que las comisiones de circunscripción,
encargadas de circular y exponer las fotos y biografías de los
candidatos (Artículo 29.d), apostillaran que Chaviano y López eran
contrarrevolucionarios. Así propiciaron más bien que hasta los electores
más despistados supieran que no eran candidatos del gobierno.
Las elecciones parciales se celebran cada dos años y medio para elegir a
los delegados a las asambleas municipales. Quien propone y nomina a los
candidatos es “el pueblo”. Por el contrario, en las elecciones generales
—para delegados de las asambleas provinciales y diputados de la asamblea
nacional— las candidaturas vienen impuestas a rajatabla desde arriba. La
oposición pacífica no tiene ya la opción de proponer candidatos. Tan
sólo puede convencer a la gente de que votar por cualquier candidato es
votar por el gobierno e instar al único voto posible en contra del
gobierno: dejar la boleta electoral en blanco o anularla.
La justificación de que ‘el pueblo’ ni siquiera es libre al entrar a una
cabina opaca para enfrentar —a solas y lápiz en mano— a los candidatos
del gobierno que aparecen en boleta impresa, se viene abajo con que en
las pasadas elecciones generales 94.808 electores anularon sus boletas y
364.576 optaron por dejarlas en blanco. Pero los lidercillos no están
interesados en sudar la camiseta para que esas cifras crezcan hasta
deslegitimar al gobierno.

Estadísticas picarescas
De ahí que en el artículo sobre los cerrojos “el centro del problema se
encuentra en la cifra de los electores inscritos (…) Según la página
digital del Granma nacional del lunes 4 de febrero, la cifra de
inscritos una hora antes de cerrar la votación el domingo 3 de febrero,
era de 8 868 597 electores (…) Los resultados finales redujeron el
número de inscritos en 200 140 votantes”. Semejante escándalo merecería
llevarse a la Comisión Interamericana de , pero quien se
atreva a hacerlo terminaría siendo el hazmerreír de la audiencia.
El sábado 2 de febrero, la Comisión Electoral Nacional (CEN) notificó
por todas las bandas que “ocho millones 631 mil 836 cubanos” estaban
convocados a las urnas. El domingo 3, día de los comicios, los partes
oficiales de la CEN refirieron “más de 8 600 000”[4]. El lunes 4
aparecen solo en Granma 8.868.597 en vez de 8.668.457 electores
inscritos, que fue la cifra final del padrón electoral. Aparte de
mentir, Granma comete errores tipográficos, como 8.868.597 en vez de
8.668.457, pero es mejor agarrarse de la cifra errada —que jamás
apareció en ningún parte de la CEN ni en ninguna otra nota de prensa—
para epatar con que “la Comisión Nacional Electoral y los medios de
información pública hicieron desaparecer 200 140 votantes inscritos”.
El padrón electoral final de 8.668.457 electores muestra 36.621 más que
el padrón inicial de 8.631.836, porque siempre hay inscripciones de
última hora que las mesas electorales agregan en el momento de la
votación conforme a la ley: verificando “a través del Carné de Identidad
o documento de identidad de los institutos armados y mediante el
testimonio de algunos de los electores presentes que el interesado,
atendiendo lugar de residencia y por no conocerse algún impedimento
legal, puede ejercer el derecho al voto” (Artículo 109).
Luego de transfigurar un desliz periodístico en “el centro del problema”
electoral, la magia negra del anticastrismo puede hacer más por la
causa. Como los electores inscritos no son aquellos reportados por la
CEN, sino los 8.868.597 que una sola vez aparecieron por error en
Granma, se procede a restar la cifra oficial de votantes [7.877.906]
para espantar que “un total de 990 691 no acudieron a las urnas”.
Enseguida se agregan los 364.576 que dejaron sus boletas en blanco y
94.808 que optaron por anularlas para llegar a 1.450.075 y concluir así
que “casi un millón y medio de cubanos dijeron NO, de la manera que el
sistema electoral lo permite”.
En la más rancia tradición castrista, el abstencionismo se suma al bando
opositor como consuelo frente al bajo voto antigubernamental, que
debería ser el foco de la atención. Y sin querer salta la liebre de que
los cubanos tienen cierta manera de decir NO, así que toda campaña
opositora por un plebiscito resulta superflua, amén de irracional. No
obstante, lo más triste es que, incluso si se suman los 200 mil
“desaparecidos” y todo el abstencionismo, 7.418.522 cubanos dijeron SÍ.

Coda
Desde luego que esos casi siete millones y medio de cubanos están
mayoritariamente contra el gobierno, pero como no tienen ni
siquiera para votar a solas dentro de una cabina, los lidercillos de la
oposición pacífica prefieren, en vez de hacer campaña a puertas cerradas
y en susurro para que voten contra el gobierno, convocarlos con bombo y
platillo al movimiento propositivo, poniéndoles delante a firmar un
panfleto con peticiones de leyes para llevarlo a rastras ante el
gobierno. Un viejo proverbio reza: antes de dártelas de legislador,
gánatelo.

[1] Graforrea es la tendencia maniática a escribir largamente y sin
sentido, como se aprecia en la ristra de documentos de la oposición que
desde 1988 abogan por un plebiscito; logorrea es la tendencia igual de
maniática a la verborrea incoherente, que tiene su manifestación
ejemplar en la elocuencia de Guillermo Fariñas durante sus visitas a Miami.
[2] Ley No. 72-1992, en Gaceta Oficial No. 9 de 2 de noviembre de 1992.
[3] Vid.: Constitucionalismo y cambio democrático en Cuba, Madrid:
Editorial Hispano Cubana, 2007, pp. 97-105 [elecciones generales] y
119-27 [elecciones parciales].
[4] “Cuba lista para votar”, en Cubadebate, 2 de febrero de 2013. La
misma cifra se da por TV y hasta por Radio Enciclopedia. Los partes del
día siguiente, a las 8:35 a.m. y 1:04 p.m, guardan la debida
correspondencia.

Source: Máscaras políticas: movimiento propositivo – Artículos – Opinión
– Cuba Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/mascaras-politicas-movimiento-propositivo-323632

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