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La manía de los celulares

La manía de los celulares
Hay que ir a la par de los tiempos, pero hay cosas que no cambian
lunes, octubre 5, 2015 | Luis Cino Álvarez

LA HABANA, Cuba – Entre los adolescentes y los jóvenes cubanos hay
manía, fiebre, destemplanza, por los teléfonos celulares, los iPod, los
iPhone, las tabletas y otros artilugios similares.

Los muchachos andarán hambreados, mal vestidos, con los zapatos rotos, y
no tendrán dinero para ir a bailar a una discoteca, pero no les puede
faltar un . Eso les confiere onda, estatus. Y mientras más
sofisticado y con más aplicaciones, mejor; le suplicarán por teléfono a
algún pariente en Miami que suponen rico y dispuesto a complacer sus
antojos. Luego, cuando tenga el móvil, si no tiene saldo, si el pariente
“de afuera” no se lo ha recargado, no importa: entonces lo usará para
jugar, escuchar música o tomar selfies. Lo importante es lucirlo,
“especular”, como se dice por acá.

Uno los ve a toda hora con los puñeteros aparatos en la mano, la vista
fija en la pantalla, los dedos en los botones, los audífonos en los
oídos, ajenos a lo que les rodea, a riesgo de que, de tan entretenidos,
los aplaste un carro al cruzar la calle.

Es inútil dirigirles la palabra, porque no escuchan. Si llamas a uno y
logras que con desgano se quite un audífono –jamás los dos–, te mirará,
con ojos robóticos, cual si fueras un bicho raro, y tardará un rato en
entender de qué carajo le hablas, de tan absorto como estaba en la
música house, el reguetón, o el trash metal si es uno de los chicos del
parque de la calle G. Luego de responderte de mala gana, inmediatamente
se volverán a enchufar. Y seguirán andando por la vida, tan
incomunicados como personajes de una película de Antonioni.

Desde que malamente habilitaron la conexión wifi en La Rampa da grima
pasar por allí. Aquello parece el set de una película de ciencia ficción
catastrofista. Manadas de muchachos y muchachas con los aparatos en mano
y caras de zombis, sentados en los muros y las aceras, que es donde
único les permiten estar, a pleno sol, a expensas de los rateros,
disputándose los puntos donde creen que hay una cobertura algo mejor.

El fenómeno de la adicción a los celulares es mundial, pero en Cuba es
particularmente preocupante debido a la creciente pérdida de valores y
la estupidización de la sociedad, producida por un sistema fracasado,
que no tiene arreglo pero no acaba de derrumbarse.

Qué diría el adusto Che Guevara, tan pirado por la homogeneidad
comunista, si viera a los hijos y los nietos de los que se suponía
fuesen el hombre nuevo convertidos en esta horda encuerusa y cochambrosa
de “aseres” y “jebitas” de mínimo vocabulario, pésimos modales y
pensamiento poco menos que básico, fascinados por las marcas y la
pacotilla de la sociedad de consumo, absortos con estos adminículos,
locos por largarse a cualquier otro país, hablando una jerga
ininteligible en la que para subrayar lo que dicen –o más bien lo que no
dicen, porque no saben cómo decirlo– emplean sonoras onomatopeyas y
repiten cada dos por tres la pregunta: “¿viste?”

Ningún padre que tenga dos dedos de frente, por el sano desarrollo de
sus hijos, debía permitir que los videojuegos y las aplicaciones de los
móviles sustituyan a los juegos y los deportes, que las series y los
culebrones destierren el hábito de leer buenos libros, ver buen cine y
escuchar música que sea música y no ruiditos secuenciados y monocordes
ritmos de herrería.

¿Será posible que a la larga las amistades y los noviazgos reales sean
reemplazados por los de Facebook?

Mis dos hijos mayores, de 28 y 30 años, respectivamente, no son esclavos
del celular, y suelen apagarlo cuando no quieren ser molestados, que es
a cada rato. No sucede así con el menor, que acaba de cumplir los 21, y
sí es adicto al móvil, que no suelta ni dormido. Por suerte, cuando lo
agarró la fiebre del PlayStation y el Xbox, a la que yo tercamente me
opuse, y antes de que se hiciera de un celular, ya había tenido tiempo
de jugar fútbol y pelota manigüera, de trepar a los árboles, nadar en
playas y lagunas y mataperrear bastante, descalzo y sin camisa.

Muchos me dicen que opino así porque me estoy poniendo viejo, que
últimamente no me reconocen, tan de vanguardia como siempre fui. Puede
ser, me veo cada día en el espejo. Hay que ir a la par de los tiempos,
lo sé, pero hay cosas que no cambian, que no pueden cambiar, y si lo
hacen, es el caos. Como el que se nos viene encima, con tantos chicos
autómatas que no hemos sabido criar.

Source: La manía de los celulares | Cubanet –
www.cubanet.org/opiniones/la-mania-de-los-celulares/

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