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Las medallas de la hipocresía

Las medallas de la hipocresía
[25-12-2015 01:15:30]
Misael Aguilar Hernández
Red Cubana de Comunicadores Comunitarios

(www.miscelaneasdecuba.net).- Nicolás Soto es uno de los miembros más
notorios y pintorescos de la casa del combatiente en el municipio
Bejucal, perteneciente a la provincia Mayabeque. La reputación de
delator lo precede a cualquier sitio a donde se dirige. Cuando se
aproxima para interactuar con cualquier grupo de personas estas sienten
que se cierne sobre ellas una atmósfera de morbosidad y escalofrío, pues
saben que se trata de un provocador que arriesga algún que otro
comentario para indagar en el estado de ánimo y en la opinión de los
reunidos.
Este individuo que se adentra en los setenta años le fascina hablar de
su biografía de luchador revolucionario que ubica desde años, antes de
1959 en lo que ha dado en llamarse en Cuba la época de la
clandestinidad. Acude a menudo a la biblioteca pública del pueblo donde
aturde a las mujeres que allí laboran diciendo que él fue amigo de los
personajes que aparecen en esos libros de la inagotable y fatigosa
“hagiografía” de la revolución.

Nicolás ha sido protagonista de varios escándalos en Bejucal debido a
que casi todos los días esta borracho y en ese estado obsequia a sus
vecinos con el más amplio repertorio de ofensas, o se pone a disfrutar
de películas de estruendosa pornografía con ventanas y puertas abiertas
de par en par, algo que molesta a los padres que tienen hijos pequeños.
A pesar de las quejas de sus vecinos Nicolás sigue campeando por sus
respetos, y como él mismo dice: “haciendo lo que me da mi intrépida gana
revolucionaria”; aunque a veces se le ve exhibir un moretón en el ojo o
un brazo en cabestrillo debido a que alguno de sus vecinos ha perdido la
paciencia y el miedo.

Nicolás siempre está de buen humor, haciendo énfasis en el desorden que
hay en Bejucal, en la indisciplina social, en lo poco que trabaja la
gente y en que todas esas malcriadeces hay que curarlas a palos para que
haya tranquilidad, porque la tranquilidad es sinónimo de tranca.

Cada vez que puede Nicolás viaja a New Jersey en los
donde viven sus dos hijas. Cuando cuenta las peripecias que ha tenido en
dicho país, el rostro se le torna animado y nunca falta una amplia
sonrisa, para describir sus pesquerías, las espléndidas comidas,
aquellas mujeres enormes y rosadas como en los cuadros de los pintores
de antes y todo tan limpio y ordenado.

New Jersey es la otra cara de la vida de Nicolás, la del revolucionario
que degusta con prolijidad y anonadamiento las delicias del imperio,
según le dice a sus amigos, suele coronar sus narraciones con esta frase
“aquello es la vida real y lo demás es catarro y utopía”. De esos viajes
se trajo un uniforme de marinero mercante que incluía hasta la gorra y
una bolsa de picnic con la que va a todas partes.

Es un hombre de baja estatura apenas un metro cincuenta y siete, pero
aun así se auto considera un galán de telenovelas, compone canciones
melosas que siempre dicen lo mismo: Eres un sol para mí, eres la luna de
mi cielo, eres el lucero de mi vida. No hay músico en el pueblo o fuera
de este al que no haya importunado para que le ponga música a estas letras.

Las mujeres que viven en su barrio afirman que cuando Nicolás se enamora
es insoportable y ridículo y se cuelga en la ropa todas sus medallas
para impresionar a la dama por la que se siente atraído, lo que provoca
que algunos niños y hasta personas mayores se detengan en plena calle
sin poder contener la risa, pues estas medallas en ocasiones reposan
sobe el blanco uniforme de marinero mercante.

Considera que es algo muy bueno que los viejos revolucionarios puedan
darse su vueltecita cada vez que sea posible por los Estados Unidos,
porque según él, no todo es vigilar en la cuadra, asistir a las
reuniones, tragar sancocho en los comedores del estado o emocionarse y
gritar consignas en los actos de repudio; pues también hay que saber lo
que es almorzar al aire libre en una elegante campiña como la de
Míchigan y darse el gusto de recorrer aquellos grandes mercados que son
una locura.

Estos raptos de espontaneidad duran poco en él y cuando se libra de
ellos vuelve a ser el ceñudo y rechoncho delator que exhibe sus medallas
y acosa hasta el agobio a los que se atreven a disentir.

Source: Las medallas de la hipocresía – Misceláneas de Cuba –
www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/567c8aa23a682e13847cdb4f#.VnzjxBUrLjY

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