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La “Generación (Im)posible”

La “Generación (Im)posible”
Cuba, como nación, estará abocada al diálogo inevitablemente si quiere
seguir el camino de la paz y existir como país independiente
Francisco Almagro Domínguez, La Habana | 03/03/2016 9:21 am

Lo imposible es el fantasma de los tímidos
y el refugio de los cobardes.
Napoleón

I
Cuando se descorran las cortinas del VII Congreso del Partido Comunista
de Cuba en un par de meses, la mayoría de los asistentes tendrán menos
de 60 años. Ello indica que nacieron poco antes o después de 1959, y su
niñez y juventud transcurrió dentro de la Revolución. Excepto aquellos
que hayan estado en el extranjero por trabajo, nadie tiene punto de
comparación con el pasado republicano, y el capitalismo como sociedad.
Ninguno de ellos ha conocido una o un privados; y han
crecido creyendo que es derecho inalienable la educación y la sin
sacar cuentas, sin tener que pagar colegiaturas o seguros de salud y de
vida. Todos habrán sentido la protección de los sindicatos y no la
voluntad de un dueño como última palabra.
Esa generación de comunistas cubanos eran niños cuando, en diciembre de
1975, el Primer Congreso del Partido fue el colofón de meses de trabajo
para institucionalizar el país. En un intento necesario por darle un
curso responsable a la economía y las leyes, un grupo de jóvenes —tal
vez sus padres y abuelos— fueron convocados a dar ideas dentro de los
quizás rígidos marcos de la planificación socialista al uso, y hacer un
cronograma para implantar el llamado Sistema de Dirección y
Planificación de la Economía. Los convocados al VII Congreso eran
muchachones o no habían nacido cuando la República se alineó al bloque
socialista y tuvo una nueva Constitución, nuevas provincias, comités
estatales —inexistentes hoy— y se le anunció al mundo que Cuba iba a
estar en la línea de combate en África.
Quienes estarán sentados —en la platea y los balcones del Karl Marx o en
el Palacio de las Convenciones— eran pequeños o acaso adolescentes
cuando los acuerdos del primer y segundo congresos dieron los primeros
frutos en los años 80, y sus familias podían comprar en moneda nacional
en el llamado Mercado Libre Campesino, en los “Mercaditos” que tenían
conservas, licores, frutas y carnes de la Europa Socialista. Y se podía
viajar a esos países; los hoteles se pagaban en pesos cubanos. El vecino
y el amigo que se marchaban para siempre de Cuba dolían menos porque
eran pocos.
Los abuelos y padres que serán la mayoría en el Congreso a celebrarse
solo en pocas semanas, fueron los primeros niños de los Círculos
Infantiles, las ESBEC e IPUEC, las Escuelas al Campo, las EIDE. Fueron
esos niños los pioneros de pañoleta azul y blanca; todas las escuelas
tenían uniforme que se podía adquirir en pesos cubanos, suficientes y
baratos. Fueron los niños de las vacunaciones masivas contra la
poliomielitis —por primera vez en el continente— e inauguraron los
policlínicos integrales docentes, con un pediatra por sector, y una
enfermera por área. Todos tenían carnet de salud para controlar el peso,
la talla, las enfermedades contagiosas y los riesgos ambientales.
En fin, los hombres y las mujeres que de manera simbólica y real
asistirán a lo que se presume será un congreso comunista de relevo, son,
ni más ni menos, lo que algunos llamaron “hombres nuevos”, para
diferenciarlos de los “viejos” que el régimen precedente había educado
en “valores morales” distintos a los propósitos de la Revolución. Son
ellos, los que llenen las butacas de ese cónclave, parte de una
descendencia cuya misión futura será difícil, casi imposible, como en
las películas de la saga: mantener un sistema socioeconómico que demanda
correcciones estructurales cuyas fallas han sido evidentes en los cuatro
puntos cardinales del planeta; conservar el unipartidismo cuando en el
siglo XXI hay tantas ideas y personas distintas; crear riqueza en un
país con una infraestructura de mediados del siglo XX, prácticamente
desindustrializado, y todo esto con demasiadas suspicacias acerca del
mercado y la iniciativa privada, con una concepción bastante rígida de
la planificación económica, y dudosos ante la “disyuntiva” entre lo
“correctamente” político y lo económicamente “correcto”.

II
La que llamaremos “Generación Imposible” es, como todas, hija de sus
tiempos. De un tiempo global y un tiempo local. Es la generación parida
cuando las estrellas se alinearon contra todos los paradigmas de la
postguerra. El mundo de los 50 y los 60 fue tácitamente iconoclasta,
rebelde por naturaleza. Quienes trajeron hijos al mundo en aquellos
años, como cualquier negación generacional, lo hicieron a contrapelo de
lo que sociedad, amigos o familiares pudieran creer moral o
remunerativamente. El estadounidense Barack Obama es un buen
ejemplo.
A pesar de su liberalidad ética y económica, los padres de los niños de
los 50 y 60, en Cuba y fuera de ella, buscaron la mejor instrucción para
sus hijos. El mundo se dividía entonces en dos bandos bien definidos, y
la Guerra Fría podía tornarse caliente en horas, como sucedió en octubre
de 1962. Sería curioso preguntarse por qué padres tan liberales y en una
búsqueda existencial a veces desenfrenada, priorizaron para sus hijos
una educación más integral, incluso ideologizada. Los actuales políticos
de Europa están hechos con esas medidas.
En la Cuba de los años 60 esa ola internacional encontró un espacio
único. Parte de la mística revolucionaria fue entregar los hijos a un
“Pater Social”: la Revolución se encargaría de formar en los niños y los
jóvenes el tipo de hombre “nuevo” que demandaban los tiempos. La
Revolución se brindaba solícita y gratuitamente a reemplazar los
derechos y, sobre todo, los deberes que competían únicamente a la
familia. Al entregar los hijos en adopción material y espiritual, de
algún modo también se oficializó sobre ellos la ascendencia ideológica.
Aun imberbes, los hijos fueron separados —voluntariamente, debe
señalarse— de sus familias e integrados a las llamadas becas —Ceibas,
Camilitos, Lenin, ESBEC, IPUEC.
El sistema estudio-trabajo que según los educadores había sugerido José
Martí como el paradigma educativo, hizo que siendo casi niños miles de
cubanitos aprendieran a manejar el machete, el azadón, y también
experimentaran la manera de saciar el hambre en platanales y naranjales
sin quejarse. Los padres y los hijos se reencontraban los fines de
semana, pero apenas unas horas, pues el domingo, desde temprano, los
concentraban en los llamados Puntos de Control —parques, plazas— para
regresar en buses a lo que era ya el “hogar de todos”. Los padres se
disipaban en la geografía de las ciudades cubanas mientras sus hijos
regresaban a la beca con algo de tristeza dulce, al decir del poeta
César Vallejo.
Queriendo crear hombres “nuevos”, fue germinando en aquellos canteros un
tipo descreído, centrado en el placer y la gratificación inmediata, que
le decía “tía” o “tío” al cocinero o el chofer de la beca, pero durante
su estancia en el hogar apenas hablaba con “papi” o “mami” y no sabía
decir te quiero o gracias. Sin saberlo acaso, se formaba un individuo
capaz de sobrevivir en la adversidad, para el cual el referente familiar
eran los compañeros de la beca, y los profesores y guías —casi tan
jóvenes como ellos mismos— únicas fuentes de aprendizaje y verdad.
Curiosamente, chicos con lagunas de civilidad, fueron bien instruidos.
La generación de “imposibles cívicos” ha sido muy posible en lo
académico, lo científico y lo técnico. Las becas de aquellos años
tuvieron los mejores libros, los mejores laboratorios y talleres,
inigualables campos deportivos y teatros. Y muchos los aprovecharon muy
bien.
El hombre de “nuevo tipo” es una contradicción que camina y, sobre todo
y a pesar de todo, piensa. Es la generación a la que durante la caída
del Muro de Berlín y el advenimiento del Período Especial no hubo que
decirle que además de los títulos de ingeniero, médico o arquitecto
había que botear, ser payaso a domicilio, sembrar el patio de la casa
con sus propias manos. Es la generación que, como en la beca, dijo “voy
a mí”, pero en vez de meterse en un platanal a saciar el hambre, se
internó en el mundo sin importar cuán lejos o difíciles estuvieran los
frutos.

III
Cuba, como nación, estará abocada al diálogo inevitablemente si quiere
seguir el camino de la paz y existir como país independiente. Otros
escenarios son la anexión tras una intervención foránea
“desarrolladora”, o el caos y una guerra civil con heridas que no
cerrarán fácilmente como sucede en España o en los propios Estados
Unidos. Y ya que hablamos del Norte, deberíamos pensar que su peor
pesadilla sería una Isla inestable, desordenada. La inefable Enmienda
Platt lo preveía cien años atrás: nada de anarquía a noventa millas de
sus costas. Habrá que entender por qué los políticos norteamericanos no
quisieran un Estado fallido tan cerca.
Si no vemos otro escenario mejor que el diálogo, por orden natural serán
los miembros de la “Generación Imposible” sus protagonistas. Tales
actores están hoy en diferentes orillas, geográficas y socio-políticas.
Sin , a su favor tienen el tiempo, les queda todo el tiempo, como
diría el poeta Eliseo Diego. Quienes están fuera de Cuba y quienes
poseen perspectivas diferentes son parte irrenunciable de esa futura
conversación. Se podrán borrar de los libros y de los medios de
comunicación, pero al estilo materialista más ortodoxo, existen fuera e
independientemente de la conciencia de los hombres. Entre ellos se
encuentran aquellos que salieron del país casi en una estampida durante
el Período Especial y hoy, gracias a su “ser posibles”, se han reciclado
en las geografías más lejanas y duras.
Moldeados en becas y escuelas al campo, es una generación de frustrados
contentos, de profesionales multi-oficios, de maduros chiquillos que han
dejado detrás sus padres putativos y han emprendido el camino propio.
Dicen no tener tiempo para mirar atrás. No les interesa. Solo se
muestran interesados en su única familia y credo: esposos e hijos.
Considera grande su naufragio emocional y doloroso el arrancamiento de
sus sueños. Aunque la mayoría de ellos no tiene padres o hermanos
fusilados o pasaron años en prisión por motivos políticos, nada desean
saber de política. Sin embargo, esto, que pudiera parecer una
contrariedad para el diálogo, es un incentivo para construir una
conversación desde el vacío, pues es un rompimiento ideológico y con
toda la carga emocional de los padres y educadores del “Hombre Nuevo”.
Del mismo modo, es presumible que otro pedazo de la “Generación
Imposible”, que estará sentada en el VII Congreso y al timón del país
cuando se jubile o desaparezca la llamada generación histórica, tenga
preocupaciones y modos radicalmente diferentes que los de sus
progenitores. Con ciertas limitaciones, ellos recibieron lo mejor de la
Revolución, y han visto de cerca la guerra en Angola y Etiopia, la
miseria y el hambre durante misiones internacionalistas por el mundo. No
desean un país inseguro, caótico. Aun así, tampoco quieren para sus
hijos y nietos las mismas limitaciones materiales y espirituales que han
padecido en los últimos 25 o 30 años. Pudieran aflorar entonces sus
características generacionales: la fidelidad no es hacia los hombres o
un legado ideológico; es hacia el bienestar y la paz de sus hijos y nietos.
Para que el diálogo y el desarrollo no demoren, resulta imprescindible
que los escritores de la narrativa precedente tomen asientos en las
últimas filas del teatro, hagan un verdadero acto de contrición, y dejen
a la “Generación Imposible” de todas las orillas discutir los pormenores
del próximo viaje. Cuba podría ser como aquel Punto de Control donde los
muchachos se encontraban al terminar el pase. Una vez allí, los padres
se retiraban y los becarios montaban en los buses que se internaban en
la geografía cubana. Era un encuentro posible, de dulces tristezas, sin
paternalismos ni interferencias.
Este artículo apareció originalmente en Cuba Posible.

Source: La “Generación (Im)posible” – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-generacion-im-posible-324968

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