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Epitafio para un partido

Epitafio para un partido
MIRIAM CELAYA, Miami | Abril 20, 2016

Pido un minuto de ovación cerrada, señores: el Partido Comunista de Cuba
ha muerto. El sepelio, que las futuras generaciones de cubanos conocerán
como VII Congreso del PCC, tuvo su despedida de duelo el martes, 19 de
abril de 2016, exactamente 55 años después de la flamante “primera gran
derrota del imperialismo yanqui en América”.

Por esas caprichosas paradojas de la historia, la “revolución
socialista”, proclamada en aquellas jornadas de puro entusiasmo popular,
ha terminado sucumbiendo, no por alguna acción guerrera del enemigo
imperialista, sino por la soberbia de sus propios hacedores.

La defunción del PCC, tras larga y penosa enfermedad, quedó certificada
con la elección del “nuevo” Comité Central, encabezado –salvo
excepciones inevitables– por las mismas testas cimeras de la
gerontocracia revolucionaria, irresponsablemente aferrada al poder a
contrapelo de la ruina nacional. El partido de los octogenarios no ha
sido capaz de renovarse a sí mismo para dar paso a una nueva generación
de líderes entrenados para enfrentar los retos de estos tiempos.

No obstante, hubo señales previas de la ineluctabilidad de este deceso.
En el último quinquenio la “vanguardia política” cubana se permitió el
lujo de desperdiciar otra oportunidad de revertir el estado de calamidad
nacional, y eligió el inmovilismo, cuando no el retroceso. La conciencia
de su propia fragilidad y el temor a perder el control de la sociedad
paralizó al otrora poderoso PCC, que terminó perdiendo los últimos
jirones de credibilidad entre los cubanos.

Algunas de esas señales de debilidad y decadencia son la carencia de un
programa de reformas que permitiera iniciar un camino de cambios y
remontar la pobreza permanente, la desconexión entre la cúpula
gobernante y la base social, la incapacidad de superar la fase
experimental de las escasas e insuficientes aperturas económicas, la
improvisación de medidas emergentes, insuficientes e ineficaces,
destinadas a paliar las consecuencias de la crisis en lugar de eliminar
las causas, y la emigración constante y creciente que empobrece más aún
a la nación. El capital de fe popular que tuvo un breve repunte al
inicio del traspaso de poder de F. Castro a su hermano (el “pragmático
reformista” Raúl), ha fenecido.

Más de un año después de ser anunciado con toda fanfarria y tras un
proceso de conciliábulos secretos donde apenas un selecto grupo de
ungidos “debatió” los documentos que serían objeto de análisis en sus
sesiones, el cónclave que supuestamente trazaría los destinos de 11
millones de almas no solo ignoró la deriva nacional, sino que dilapidó
éste, su tiempo suplementario, en el intento de contrarrestar el nocivo
efecto que –según los jerarcas de la casta geriátrica–, el enemigo
imperialista ha inoculado en el alma de la Nación.

He aquí que el poder político ha consagrado el destino cubano según un
nuevo parteaguas.

Resulta que no habrá una Cuba antes y después del VII Congreso del PCC,
sino antes y después del restablecimiento de relaciones con , y en
especial después de la visita del estadounidense, Barack
Obama, a la capital cubana. Es el implícito reconocimiento del fracaso
del proyecto castro-comunista.

Así, quedaron otra vez pendientes los temas que ocuparían de jure los
debates, a saber, la conceptualización de esa absurda irrealidad que
llaman “modelo socioeconómico y político cubano”, el problema de la
doble moneda, la alimentación de la población, la reforma
constitucional, el muy cacareado programa de inversiones extranjeras y
un inacabable etcétera relacionado con otras urgencias del cubano común.
El PCC no tiene respuestas para las demandas sociales.

En su lugar, los jerarcas han optado por el atrincheramiento. Y como si
las actuales generaciones de cubanos creyeran en símbolos del pasado, la
cúpula decidió jugar como buena una carta devaluada: desempolvó y
acicaló hasta donde fue posible al ex Presidente, ex Primer Secretario
del CC del PCC y ex Invicto Comandante en Jefe, y lo colocó frente al
plenario de clausura –previa clausura, también, de las puertas del
tabernáculo y a salvo de las inquisitorias de la prensa extranjera– en
un intento de legitimar su nueva guerra ideológica contra el Imperio.

Guerra para la cual, con toda seguridad, no cuentan hoy con huestes
suficientes, salvo que puedan llamarse así los nuevos soldados cubanos:
los migrantes que en nutridas legiones están invadiendo al enemigo por
tierra, mar y aire, para derrotarlo ocupando triunfal y definitivamente
su territorio. Muy atrás han quedado en la memoria nacional las
victorias guerreras y morales, reales o supuestas, del viejo exguerrillero.

Ahora ya quedó claro que el PCC ha muerto. El llamado VII Congreso no
fue tal, sino un canto de cisne. Apenas el triste espectáculo de un
grupo de ancianos recalcitrantes adictos al poder y su cohorte de
buquenques. Si queda algún comunista honesto en Cuba –en el caso
imaginario de que tal condición existiera– debe estar sumido en el más
profundo duelo. De haber sido otra nuestra historia del último medio
siglo, quizás el difunto Partido merecería un compasivo minuto de
silencio. Pero no hay que ser hipócritas. En todo caso los cubanos hemos
estado en silencio por demasiado tiempo.

Source: Epitafio para un partido –
www.14ymedio.com/opinion/Epitafio-partido_0_1984001591.html

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