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Verruga

Verruga
Alguien, con mucho tino, dijo que el socialismo es el camino más largo
entre capitalismos, afirma el autor del artículo
Alex Heny, Nueva York | 04/04/2016 10:03 am

El salón, caldeado por el sol de la tarde, brillaba furioso; la luz,
amarillo sucio, atravesaba los herméticos, percudidos ventanales, y
quedaba atrapada, rebotando en muebles, paredes, sin saber como regresar
a la ancha avenida de allá afuera, a calcinar ciclistas, transeúntes y a
algún que otro esporádico auto.
Un ventilador zumbaba en una esquina, cercano a la cabecera de la mesa.
Giraba —ciento veinte grados de circunferencia, calculé a ojo de buen
ingeniero— y en cada centésimo vigésimo grado algo se trababa en su
mecanismo; luego, tras un angustioso carraspeo, un chasquido desataba el
entuerto, anunciando el comienzo del siguiente giro.
Desde el otro extremo de la mesa, hediendo a envidia y sudores sobre
sudores, yo luchaba contra los deseos de medir cuánto duraba el
recorrido del ventilador por el arco de cuerda que abarcaba apenas la
presidencia de la mesa y a sus dos acólitos más inmediatos; evité mirar
el reloj y contar los segundos: podía malinterpretarse. En cambio, me
dediqué a observar los papeles que tenía ante sí el hombre que dirigía
el curso y destino de la reunión; temblorosos, alzaban una esquina, en
tímida solicitud de atención, empujados por la brisa tibia que les
llegaba desde el polvoriento aparato, y de la que nada llegaba a rostro
acalorado.
El hombre de los papeles, a pesar del espeso calor, vestía una deslucida
chaqueta de mezclilla, sobre una camisa a cuadros. “No sé cómo puede
aguantar…”, pensé, mientras de manera maquinal e infructuosa traté de
abrir aun más el cuello de mi pulover; con los nudillos rocé mi
garganta, áspera por la sal que había dejado el sudor del día.
El hombre dijo algo que no alcancé a escuchar. Los demás rieron, con la
risa forzada y servil de la circunstancia. “Tengo que prestar
atención…”, me dije, y dejé de mirar los trémulos papeles para
concentrarme en lo que decía Pedro Miret, el hombre de la chaqueta.
***
“(…) hay continuidades, valores, que han sustentado el proyecto
revolucionario en el ámbito social, que deben seguir formando parte,
pienso, de ese socialismo que necesitamos o queremos; que no debemos
renunciar a ellos, aunque puedan formar parte de nuestra utopía”.
Tuve que detenerme. A cavilar, por unos instantes, cuando leí esta
frase. Me detuve, además, para comprobar la extensión de esta
entrevista, respondida por un académico cubano, llamado Narciso Cobo,
que se publica en la revista Temas. Mi temor, bien fundado, era que
fuera demasiado larga, y que fuera más de lo mismo.
“Narciso Cobo: El socialismo es esencialmente un ejercicio de
participación”, es el título que escogieron los autores —o los
redactores— y es eso precisamente lo que me motivó a tratar de abrirme
paso entre la decena de cuartillas, casi cinco mil palabras, de ese
artículo.
Eso, y la perplejidad.
Y no es para menos. La frase de marras describe el estado mental de
rehén voluntario de los que aun creen en el socialismo, en general; en
el cubano, en lo particular. A estas alturas —después de la desaparición
del campo socialista, después de más de medio siglo de marasmo cubano—
es algo para asombrarse.
El cliché en la frase es tan manido que casi dejo de leer. “Valores”,
“continuidades”, los logros-de-la-revolución que hace mucho ya no es tal
y que involuciona en caída libre; valores, a saber, la ruinosa, la
educación mediocre; del deporte, que mejor ya no se habla, como en algún
momento también, ante la arribazón irrefrenable de putas, se dejó de
mencionar la erradicación de prostitución.
Resulta difícil comprender cómo discurre el pensamiento de estos
intelectuales, cómo pueden abandonar la contundencia de los hechos,
aferrarse al delirio, y exponerlo con tamaña tranquilidad.
Después de casi un siglo de, al decir de los entrevistadores, la “puesta
en práctica del socialismo” (y siendo que —para sonar a la par— la
práctica es el criterio de la verdad) cuesta entender a los teóricos y
las teorías. Vamos: ha quedado demostrado, más allá de cualquier duda,
que el socialismo —sea el tradicional o ese “nuevo socialismo” que
aparece en el encabezamiento del texto — sea eso lo que sea, como
sistema socioeconómico alternativo al capitalismo, no sobrevive por sí
mismo.
No puede.
Se asfixia, se desarticula, desemboca en absurdos y dictaduras; se
descalabra, como el wishful thinking de los entrevistadores, y del señor
Cobo, al que le endilgaron un titular que sugiere que el socialismo
cubano comenzaría a funcionar, después de más de cincuenta y siete años
de calamidad, si hubiera participación.
Si hubiera —eufemismos aparte— democracia, presuponen todos.
***
La reunión estaba —y cuál no lo está— aburrida.
Ni siquiera los chascarrillos mustios del señor de la chaqueta lograban
que me sintiera animado, muchos menos los monólogos mascullados por el
tipo rollizo que se sentaba a su derecha, justo en el borde donde el
ventilador chasqueaba y regresaba a su vaivén de galeote lisiado.
El tipo rollizo vestía una camisa de seda, de color oscuro y abigarrado
diseño, unos Dockers beige, y mocasines con campanitas en las puntas de
los cordones. Hablaba a través de una media sonrisa, que pretendía ser
astuta pero que le salía desdeñosa. Resollaba con cada frase, dejando
escapar una risilla sofocada que, de reírse los curieles, así sería.
Pero eran sus ojos lo que más llamaba mi atención: inexpresivos, casi
cubiertos por párpados pesados, caídos. La mirada, a tono con la
sonrisa. Y, para colmo, con un sonsonete adormecedor en la voz que ya
vencía mi capacidad para permanecer despierto.
De repente irrumpió en el salón un hombre pequeño, pelado a lo militar,
de ojeras como bolsas y camisa de obrero.
Hicimos ademán de incorporarnos en nuestras sillas, pero fuimos
contenidos por el brazo extendido, por la palma de la mano del hombre;
“¡Siéntense, siéntense!”, dijo y, sin más preámbulo, con estilo
ejecutivo, motivador, se lanzó a una arenga acerca de la importancia de
lo que se hablaba en la reunión. Acerca de cómo enfrentar y resolver un
problema que —yo sabía de antemano, desde que venía en mi bicicleta
sudando los restos del almuerzo— no tenía solución. No podía tenerla. No
en este país. No en el socialismo.
“…y aquí, compañeros, lo que hay es que trabajar, ponerse para las
cosas, ¿verdad José Raúl?”, remató al fin, palmeándole el adiposo lomo
al tipo rollizo que mascullaba monólogos, “Y si hay que hablar con los
capitalistas, se habla, ¿verdad?: ellos ponen el whiskey, nosotros los
camarones; eh, Miré, ¿qué tú crees?” Y sacudió el hombro del hombre de
la chaqueta, que asintió, con un esbozo de sonrisa de quien ha escuchado
el mismo chiste demasiadas veces; en silencio, se entretenía en acomodar
los inquietos papeles que tenía ante sí.
Yo no alcancé a sonreír a tono con las risas cortesanas de mis
acompañantes en la reunión, porque la palabra “camarones” me provocó un
súbito calambre en el estómago; todo lo que logré fue una mueca. “Es que
son las seis de la tarde, ¿tú sabes?; seis horas pasadas después de algo
que llamaron almuerzo; me espera además un viaje de dos horas en
bicicleta por la penumbra de la tarde-noche habanera, antes de que pueda
comerme un plato de y . Y tú, tan orondo, hablando de
camarones: no me jodas…”, le respondo a la supuesta pregunta que
quizás me hubiera hecho el orador, de haber visto mi rostro serio y
amargado.
Pero ni siquiera lo notó. Estaba sumergido en sí mismo, desbarrando con
la elocuencia de los posesos, argumentando con la fatua contundencia de
los fanáticos. “Porque aquí”, decía, “lo que no hay que olvidarse,
compañeros, es que estamos construyendo el socialismo: un socialismo
moderno, eficiente, competitivo; que el Comandante nos está pidiendo
eso, nos pide resultados, y que nosotros estamos to-tal-men-te
comprometidos con esa idea, ¿´ta claro eso?”, concluyó al fin, una mano
apoyada en la camisa de seda, la otra en la chaqueta de mezclilla.
“¡Saludos, entonces, y sigan ahí!”, remató uniendo las manos ante sí, la
cabeza ladeada, en una suerte de bendición fraterna, arriba los reunidos
del mundo.
Y salió del asfixiante salón como una tromba de un metro sesenta de
estatura -estimé a ojo de buen agrimensor. Todos hicimos de nuevo el
ademán de incorporarnos en nuestras sillas, contenidos otra vez por el
brazo extendido, por la palma de la mano del hombre pelado a lo militar,
de ojeras como bolsas y camisa de obrero, y la boca arqueada como si
tuviera dispepsia: Marcos Portales, súper ministro y pariente político
de ; “¡Descansen!”, decía el gesto, y nos dejamos caer en
nuestros asientos. Solo el hombre de la chaqueta, y el tipo rollizo con
camisa de seda y que mascullaba monólogos, Fidel Castro Díaz-Balart,
permanecieron inmóviles en sus lugares. Descansando.
***
“Nuestro ideal de una sociedad lo más justa e igualitaria posible está
entre esos valores (…)”
Hay, es necesario admitirlo, un mal de fondo implícito en la idea
socialista. Helo ahí, explícito: sociedad igualitaria.
De una manera inexplicable, no entienden teóricos, practicantes, adeptos
—no se diga de la masa— que una sociedad no puede ser igualitaria porque
no somos iguales.
Puede intentar una sociedad, en todo caso, ser justa, inclusiva, pero no
se puede pretender que un cirujano o un científico sean iguales a un
comerciante o a un policía. Mucho menos, cuando la diferencia se basa en
que el cirujano tiene que botear en su carro para poder ganar el dinero
necesario, mientras un comerciante prospera vendiendo croquetas.
Esa idea del igualitarismo es, además, la piedra angular del discurso
demagógico socialista. Pero eso no es lo peor, y el señor Cobo nos lo
recuerda:
“¿Qué hace que nuestro sistema no tenga la credibilidad que quisiéramos
que tuviera? Creo que atribuir este fenómeno solo a los problemas
económicos que confrontamos sería una simplificación.”
Los chinos y vietnamitas, hace ya un buen tiempo, entendieron la
falsedad de una afirmación como esa y pusieron en práctica la mencionada
simplificación: comprendieron que es imposible construir —joder con la
palabreja— una sociedad pujante, un país exitoso donde haya esperanza,
sobre la premisa de una economía desastrosa. Parafraseando al
y político mexicano Carlos Hank González, un país pobre es un pobre país.
Si bien al socialismo no lo salva la democracia, ni puede fomentar una
economía que lo nutra, esa idea chino-vietnamita es una regla de validez
general que no es posible violar sin consecuencias graves: Rusia,
heredera de la mayoría de la Unión Soviética, sigue siendo un país rico
en potencia, una potencia en potencia, y una nación pobre en su
desempeño. No hubo bonanza en la etapa socialista, ni la hay en esta
capitalista.
O sea: sin economía, sin el talento para hacerla funcionar, producir,
florecer, no hay nación que valga la pena. Y no pierdo mi tiempo, ni el
del amable lector, en citar cientos de ejemplos de países en harapos en
los cinco continentes, sin importar que sean capitalistas. Mucho menos,
socialistas. Y todo por no tener el talento para implementar esa
simplificación imprescindible: economía.
En Cuba, el socialismo arribó por decreto castrista; en , el
chavismo llegó al poder a través de las urnas. Bajo el manto de la
izquierdosidad —porque hay izquierda, e izquierdosismo, que rima con
socialismo— más trasnochada, la latinoamericana, también se asomó el
socialismo —aun se asoma-—a la vida política en Ecuador, ,
Nicaragua, , Argentina y Brasil.
Alguien, con mucho tino, dijo que el socialismo es el camino más largo
entre capitalismos. Así fue para todos los países del bloque socialista
de Europa del Este, así debe ser para Venezuela a mediano plazo; en el
resto de América Latina, para su suerte, es solo política, sin intentar
tocar la economía; hasta en Cuba ya hay signos de que la bestia
capitalista se pasea entre cedeérres y escombros.
La idea entonces de mejorar el socialismo con tan solo hacerlo
participativo, con introducir un proceso democrático, es un callejón sin
salida, y Venezuela nos dicta una cátedra acerca de ello. Si a ello se
une una no-economía, tenemos de nuevo el descalabro socialista en las
puertas.
Es por ello que dan grima los intentos de rebautizar, tan solo por
intentar hacer ver que es viable, lo que fue un importante sistema
sociopolítico en el siglo XX —gracias al socialismo podemos llamar a los
ricos Primer Mundo, y a los pobres, Tercero—, pero un anacronismo en
pleno siglo XXI.
No voy a reseñar lo que logré leer del artículo de Temas. Tampoco es mi
intención analizarlo en detalle, ni rebatir idea por idea. Es, en
esencia, la socialistofilia intelectual que muchos, dentro y fuera de
Cuba, detentan. Nada nuevo en realidad.
Y ni siquiera es privativa del señor Cobo, que es solo un entrevistado
circunstancial; los autores advierten que este artículo es parte de una
“(…) serie de entrevistas se dirige a indagar las concepciones de un
orden socialista renovado, y a contribuir modestamente a su debate
crítico”; debate sobre una utopía que no se sostiene por sí misma y se
desmorona, párrafo a párrafo, antes de llegar al final del texto. Y de
la serie.
***
Pedro Miret, hombre de chaqueta deslucida, falleció en fecha reciente;
el tipo bajitón pelado a lo militar, de ojeras como bolsas, camisa de
obrero y rictus dispéptico, Marcos Portales, que en su momento era
considerado un dirigente de ideas renovadoras, fue defenestrado años ha,
y ni siquiera su afiliación familiar lo salvó de la hecatombe; Fidel
Castro Díaz-Balart, el hombre rollizo y aburrido que masculla monólogos,
sigue siendo una figura decorativa, que aparece en degustaciones de
habanos, en selfies con Paris Hilton, o dictando una charla —Dios me
libre de tal oportunidad— en , nada menos que sobre física
nuclear, biotecnología y nanotecnología. Todo junto. Al tres por uno.
Para que lleven carta.
De alguna manera, ellos son el socialismo. Muertos, desechados,
obsoletos. Fantasmas irrelevantes debatiendo sobre asuntos sin solución.
Verrugas, en el tejido de una época.
Y eso es el socialismo; a todas luces, una protuberancia recurrente que
le crece al capitalismo de cuando en cuando; tan solo de esa manera
parasitaria, alimentándose del metabolismo de un organismo mayor y
funcional, llega el socialismo a nuestros tiempos, sobreviviente a su
propia inopia.
El caso cubano es todavía más grave: es todo verruga.
No hay nada en el substrato; ni “continuidades”, ni “valores”, ni
“logros”. La lista de fracasos del socialismo cubano —del socialismo en
general— es tan extensa como inexistente la de sus aportes. Y no: no hay
que confundir la socialdemocracia escandinava con socialismo, ni a los
escandinavos con los alucinados que aun dan vivas a su involución.
Cuba es —hay que enfrentarlo con lucidez o resignarse a otro medio siglo
de parálisis— un país en bancarrota, necesitado de cirugía mayor; le
urge que lo curen, que lo extirpen de sí mismo. Hay que empezar de
nuevo, por el lugar donde se abandonó el futuro de la nación y, por
favor, hay que comenzar por dejar de camuflar con nombres nuevos a
fracasos viejos.
Hay que, de una buena vez, dejar de ser verruga.

Source: Verruga – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/verruga-325260

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