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El síndrome de estrés post-totalitario (SEP-T)

El síndrome de estrés post-totalitario (SEP-T)
FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 19 Mayo 2016 – 8:13 am.

Todo parece indicar que no solo las guerras y los momentos de gran
peligro para la vida provocan alteraciones psicológicas persistentes.
Como mismo los glosarios recogen el Trastorno de Estrés Postraumático
para significar los efectos sobre las personas sometidas a extrema
tensión, quienes han vivido en regímenes con una perdida casi total de
las libertades parecen exhibir manifestaciones singulares, dignas de
mejores estudios.

Pudiéramos tomar como referencia el proceso de pérdida-aceptación
descrito por la psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross para explicar,
tentativamente, los cambios que suceden a quienes emigran de regímenes
totalitarios. Una emigración que debe hacerse desde una situación
asfixiante pues de no sentirse así —las palabras sentir/sufrir son
fundamentales— no se diferenciaría de cualquier otra expatriación por
causas económicas o desastres naturales.

La experiencia totalitaria es única en cada sujeto. Cada cual la percibe
de una manera distinta. Resolverla es también un modo muy personal de
enfrentamiento. Debido a la verticalizacion social del totalitarismo, el
cual funciona como polea de trasmisión de arriba hacia abajo sin apenas
escapes horizontales, los individuos están obligados a diluirse en la
“masa”. Las personas llegan a aceptar como natural su desintegrada
singularidad y entregan su independencia del todopoderoso Estado.

Porque en el totalitarismo todo está calculado y pensado “desde arriba”,
la persona pierde el sentido de ética personal y se comporta socialmente
de una forma inmadura. Al escapar de semejante régimen, lo primero que
debe recuperarse es esa responsable individualidad. Es la conocida
metáfora del renacuajo: al pararse ya como rana al borde del estanque,
delante aparece un inmenso mundo que paraliza.

Por eso la primera fase es negar que ese otro lugar exista; dentro del
charco todo era más pequeño y controlable. Las ideas de que “esto no me
está sucediendo a mí” y “me van a pellizcar y despertaré de un sueño”
persiguen al individuo a todo sitio y a toda hora. A veces hay
pesadillas, sobre todo si el escape ha sido traumático. Hay mucha
incapacidad para actuar por cuenta propia. Para suplir la inseguridad,
los individuos se tornan temerarios: creen que pueden hacer de todo con
todos. El descubrimiento de que se es libre y no hay prohibiciones como
en la sociedad de control total es como un encandilamiento; una
peligrosa ceguera que debe ser misericordiosamente guiada hacia la luz
verdadera.

Poco a poco se va entrando en la fase segunda en la cual la persona
busca culpables y también se atribuye errores que no le corresponden.
Las clásicas preguntas son: “¿por qué no me salí de allí antes?”,
¿llegué después por culpa de fulano?”, o “¿y si hubiera llegado aquí
cuando era joven?”. La tendencia es a la ira, a desplazar la
responsabilidad hacia otros, incluyendo al régimen al cual ya no se
pertenece. Son ideas absurdas, pero perfectamente compatibles con la
inmadurez que aún se padece: la culpa siempre en los demás. Son
frecuentes las justificaciones para los fracasos en los trabajos y en
las escuelas, culpando al régimen o los años “perdidos”. Si esa baja
autoestima mezclada con mal humor no se corrige a tiempo la persona no
avanza pues nunca elabora que los tiempos y los lugares son siempre
responsabilidades individuales.

Una fase intermedia sucede cuando quien ha salido del totalitarismo
entiende que ya es hora de “negociar” y aceptar las reglas del lugar que
lo acoge. Pero lo entiende a nivel de las ideas. No lo incorpora a sus
emociones y menos en sus conductas. Aunque la persona aparenta haber
cambiado y aceptado que quien emigra de un régimen totalitario es un
sin retorno, se trata solo de un pacto: Algo así como “he
cumplido con quienes me trajeron aquí”, y “voy a portarme bien y hacer
lo que esta sociedad me manda”. El individuo busca trabajo, va a la
y saca la licencia de conducción, pero sigue sin sentido de
pertenencia. No se siente parte del sitio; sigue soñando el regreso.
Negocia la perentoriedad de las cosas: todo cambia, y esta condición de
emigrante, también.

Pero el tiempo coloca al individuo en el punto de no retorno. Es la
penúltima fase antes de la adaptación final. Las personas se observan
tristes, poco enérgicas, pesimistas; críticas del país y de la sociedad
donde se supone deben insertarse. A pesar de que tal vez empiezan a
cosechar los primeros logros fuera de la vigilancia totalitaria, y a
decidir por sí mismos, recuerdan los días en que eran doctores, abogados
o simples ciudadanos que conversaban en un parque frente a una iglesia.
Todavía puede haber pesadillas, irritabilidad y sobre todo una nostalgia
agridulce que no tiene explicación casi al año de haber emigrado. La
persona ya no es la misma pero no lo nota, no se ve a sí misma. Lo que
tal vez tampoco sepa es que el país que dejó atrás ya no existe. Ni
siquiera lo extraña. Por desgracia, a veces la única alternativa para la
curación de personas estancadas en depresiones post-totalitarias es un
breve viaje a la jaula dictatorial. Es un social-shock de efectos
espectaculares.

El Síndrome de Estrés Post-Totalitario es una combinación de causas y
efectos que casi todo el mundo debe pasar y superar. Cualquiera puede
quedar varado en una de estas fases de pérdida y aceptación. La razón es
simple: es un proceso de muerte-nacimiento no exento de dolores. Si las
personas logran encontrar en otro sitio su referencia —el lugar dice
algo— y de pertenencia —al lugar debo algo—, suelen ser exitosas. De lo
contrario, los individuos quedan atrapados entre pesadillas, regaños,
culpas depositadas y frustraciones personales. El síndrome ha
desaparecido cuando se maneja por una carretera y se oye una melodía que
recuerda los malos tiempos y a pesar de eso, se puede sonreír.

Source: El síndrome de estrés post-totalitario (SEP-T) | Diario de Cuba
– www.diariodecuba.com/cuba/1463564030_22447.html

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