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Postal de una Habana ficticia

Postal de una Habana ficticia
Por estos días la capital cubana ha cubierto su costra de decadencia con
un engañoso traje de glamur prestado
lunes, mayo 9, 2016 | Miriam Celaya

LA HABANA, Cuba.- Escenario de filmaciones para un filme hollywoodense
de una popular saga de acción, pasarela para un desfile de modas de la
exclusiva casa Chanel, y desde el pasado lunes punto de atraque de
navíos turísticos de la mayor corporación de cruceros a nivel mundial,
por estos días la capital cubana ha estado cubriendo su costra de
decadencia con un engañoso y efímero traje de glamur prestado.

La parafernalia farandulera provocó la movilización de un variopinto
conglomerado humano que incluyó desde los habituales curiosos y los
pícaros de ocasión –“pueblo”, les dicen– hasta conocidos artistas y
altos representantes de la casta verde olivo, como la mismísima Infanta
Mariela y un desconocido benjamín de la misma cepa, que según se afirma,
es todo un efebo de buen ver, quien participó como modelo en el desfile
de Chanel. Ni más ni menos, la contracara del Hombre Nuevo, evolucionado
desde el linaje de un rudo labriego gallego hasta la altura de las
refinadas pasarelas de una encumbrada casa de modas parisina. ¡Ver para
creer!, ¿qué dirán de esto los fieles proletarios que apenas un día
antes madrugaron para desfilar sudorosos y vocingleros bajo el sol
abrasador de la Plaza “de la Revolución”, portando consignas de apoyo a
la burguesía verde olivo?

Y, como es de suponer, en todos los eventos de referencia abundaron por
centenares los agentes represivos de la policía uniformada y de “la
otra”, que es la peor, por si acaso alguien se emborrachaba de frenesí y
le daba por gritar algo tan absurdo como “” u otro vocablo
igualmente obsceno.

El celo de los guardianes quedó demostrado con el arresto de un civil
demasiado entusiasta, que tuvo la rara idea de acudir al recibimiento
del crucero de Carnival (Adonia) cubierto con la bandera estadounidense.
Un amistoso gesto que la jauría asumió como una actitud “mercenaria”,
así que el hombre fue reducido y arrestado sin miramientos.

Las imágenes en video de este despropósito policial contra un civil
desarmado e inocente ha dado la vuelta al mundo y ha provocado una
reacción general de rechazo, pero el gobierno cubano –tan amante de los
dólares del vecino norteño como temeroso de sus símbolos– está dispuesto
a asumir el riesgo con tal de disfrutar los jugosos beneficios del
arribo de estadounidense de cruceros y, a la vez, mantener a
raya cualquier manifestación de americanofilia, tan demostradamente
perniciosa entre nosotros. Ya con el efecto Obama tras la visita de
marzo último los ancianos ex guerrilleros han tenido suficiente
quebraderos de cabeza.

En sintonía con el promisorio plan cruceros, el Paseo Marítimo de La
Habana se ha engalanado con las obras de remozamiento y recuperación de
viejos espacios hasta hace poco carcomidos por la desidia y la mugre. La
franja que discurre junto al Malecón ha mejorado radicalmente su rostro:
desde la Alameda de Paula –primorosamente restaurada– hasta la salida
del Túnel, han sido plantadas altas palmeras en los nuevos separadores
de la vía, y a la vez fueron eliminados los horribles y pestilentes
chiringuitos que ocupaban la acera del paseo junto al mar, donde
pululaban personajes de dudosa catadura moral, se vendían bebidas
alcohólicas y circulaban ciertas sustancias prohibidas.

Para el visitante que ahora llega a La Habana por barco, el escenario
desde la cubierta resulta espectacular: una hermosa bahía flanqueada en
ambas orillas por viejas fortalezas españolas, perfectamente
conservadas, mientras a estribor se aprecia un entorno de plazas,
mansiones e iglesias coloniales y una peculiar variedad y riqueza
arquitectónica que se ha sostenido de puro milagro, pese al tiempo, el
salitre, y el abandono oficial, discurriendo desde los muelles de la
ciudad vieja hasta el límite costero de Centro Habana y el Vedado.

A esto se añade la atracción peculiar de una fruta largamente prohibida:
la sal y la pimienta que hacen de Cuba y su capital un destino
irresistible para muchos turistas estadounidenses.

Pero, al menos por ahora, las esperanzas de que la entrada de cruceros
desde Miami desemboque en una mejoría para los cubanos comunes siguen
siendo nulas o discretamente moderadas. Las excursiones, la farsa de la
ceremonia del cañonazo, los espectáculos culturales, los museos, las
casas de la música y otros centros nocturnos, las tiendas de y
ron, los restaurantes aledaños, el servicio de y hasta las
plazas, edificios y calles por las que los guías conducen al deslumbrado
rebaño de turistas están bajo el control casi absoluto del gobierno
cubano, exceptuando algunos pequeños chinchales particulares dedicados a
la venta de maracas, tumbadoras, sombreros de yarey y camisetas con la
imagen del Che, entre otros espantos similares.

La franja costera de la capital es ahora como una hermosa pantalla de
utilería que disimula la pobreza de los habitantes, apenas unas calles
más adentro. De hecho, algunos testigos infiltrados entre los
espectadores del desfile de Chanel aseguran que la humildad de los
derruidos balcones habaneros circundantes con sus tendederas de ropas
descoloridas al sol, los edificios despintados y los propios habitantes
de ese popular barrio marcaron un original contraste que resaltó el
esplendor y frivolidad que se movía por la pasarela, en pleno Prado
habanero.

Sin ofender, claro, porque a fin de cuentas ofrecer al pueblo un breve
atisbo a la vanidad de la moda, al arribo de un deslumbrante crucero o
siquiera asomar fugazmente al glamur de una estrella de cine no solo
resulta políticamente inocuo, sino que incluso puede mejorar el ánimo de
los desposeídos y distraerlos de la asfixiante miseria cotidiana. Es
proverbial que los cubanos pertenecemos a una raza risueña y hedonista.
Somos alegremente irresponsables.

Sin , aunque el espectáculo de oropel y fanfarria vivido por
estos días ha agitado la natural curiosidad de los isleños, no ha creado
demasiadas expectativas de cambios o beneficios entre la gente común.
Una actitud lógica, puesto que la curiosidad es un instinto natural, en
tanto la expectativa es básicamente racional: nace de cierta certidumbre
sobre la posibilidad de que estos cambios ocurran. No es tal el caso.

Curiosamente, en Cuba es más fácil predecir lo que no va a ocurrir que
lo que pudiera suceder en el futuro mediato. Las señales actuales
indican claramente que el gobierno no tiene la intención de introducir
cambios aperturistas en materia de política o economía interna; la
tozuda realidad –por su parte– ha demostrado que mientras no se
produzcan esos cambios imprescindibles no será posible que los cubanos
participen de las oportunidades que ofrece la nueva política de la Casa
Blanca ni que alcancen la tan ansiada prosperidad.

El divorcio entre el poder y la sociedad sigue tomando cuerpo en la
Isla, profundizando el cisma y aumentando el malestar social. Un
malestar que está desembocando en el vaciado constante de Cuba: esa
migración permanente que se ha convertido en la única esperanza cierta y
en la expectativa más real para miles de familias cubanas.

Source: Postal de una Habana ficticia | Cubanet –
www.cubanet.org/destacados/postal-de-una-habana-ficticia/

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